Mentes en el Abandono

La tarde se ha vuelto oscura no por la falta de sol, sino por el estruendo de la pólvora que hoy resuena en los patios escolares de Michoacán y en las piedras milenarias de Teotihuacán. Mientras la opinión pública se apresura a diseccionar la terminología de foros digitales (palabras como “incel” o “black pill”), estamos ignorando el síntoma más evidente de nuestra descomposición: la salud mental en México no es un derecho, es un privilegio de clase que estamos pagando con sangre.

Lo ocurrido el lunes en Teotihuacán y semanas atrás en Michoacán no son eventos aislados ni «locuras» espontáneas. Son el resultado de una negligencia estatal y social sistemática. Hemos construido un país donde el acceso a un psicólogo o a un tratamiento psiquiátrico es más difícil que conseguir un arma de alto poder.

La Salud Mental: El Pariente Pobre del Servicio Público

En México, el sistema de salud es ineficiente por diseño, pero el área de salud mental es casi inexistente, se ha descuidado y menospreciado por mucho tiempo.

La política pública se ha limitado a la contención de crisis, olvidando la prevención. Para el adolescente promedio, aquel que habita en las periferias del sistema, el malestar emocional es algo que se «aguanta» o se silencia.

Hemos disociado la atención mental de la salud general, convirtiéndola en un lujo de anaquel para las clases altas. Mientras tanto, en el México real, el joven que lidia con la depresión, el aislamiento y la radicalización digital solo encuentra puertas cerradas en las instituciones y un estigma feroz en su comunidad.

Cuando el Estado abandona su labor de cuidado, el vacío lo llenan las cámaras de eco del odio. La cultura incel no nace en el vacío; se nutre de la soledad no atendida, de la falta de propósito y de una masculinidad que, al no encontrar herramientas emocionales, se refugia en el resentimiento.

Si un adolescente no tiene a dónde acudir cuando su mente se convierte en un laberinto, terminará buscando respuestas en quienes le prometen que su dolor se alivia con la violencia. Es una lógica perversa: ante la ausencia de un sistema de salud que lo vea como ser humano, el individuo busca ser visto a través de la tragedia.

Muchos de estos casos se podrían evitar si dejáramos de ver la salud mental como algo «extra» o sin importancia. Necesitamos que el servicio médico sea eficiente de verdad, especialmente para los adolescentes que están tratando de entender quiénes son.

No se trata solo de «echarle ganas» o de «valores familiares». Se trata de infraestructura, de presupuesto y de una voluntad política que deje de ver la salud mental como un tema accesorio. Si no integramos la atención psicológica de calidad en la educación básica y en los servicios públicos universales, seguiremos escribiendo crónicas sobre jóvenes que prefirieron el fuego antes que el silencio.

Como sociedad y como gobierno, hemos fallado. No podemos seguir dando el pésame cada vez que hay una desgracia si no estamos dispuestos a invertir en la mente de nuestros jóvenes. La pregunta es simple: ¿cuántas tragedias más necesitamos para entender que un psicólogo a tiempo vale más que mil patrullas después del desastre?

La tarde sigue siendo negra, y no habrá luz mientras la salud de la mente siga siendo un negocio para pocos y no una obligación para todos.