
Por: Gemma GRACIAN
Mis queridas y queridos lectores por años, México repitió un discurso que parecía inamovible: “no estamos listos para una mujer en la presidencia”. La historia dio un giro, y finalmente el país eligió a su primera presidenta. Un hecho que, sin duda, representa un avance simbólico en términos de representación y ruptura de paradigmas.
Pero la pregunta incómoda —y necesaria— es otra:
¿Fue una buena decisión… o simplemente una decisión histórica?
El peso del símbolo
La llegada de una mujer al poder en México no es un logro menor. En un país donde la violencia de género, la desigualdad y la falta de oportunidades para las mujeres siguen siendo una realidad cotidiana, este hecho tiene una carga profundamente significativa, pero sin duda se percibe como otro capricho que un partido que es lo único que ha hecho cumplir sus caprichos e intereses propios.
El tener a una mujer como presidenta es un mensaje potente: las mujeres pueden —y deben— estar en los espacios de poder.
Sin embargo, reducir una elección presidencial a su valor simbólico es, en sí mismo, un riesgo. Porque gobernar un país no es un acto simbólico… es un ejercicio de responsabilidad.
Más allá del género: la capacidad
El verdadero debate no debería centrarse en si México estaba listo para una mujer presidenta, sino en si la candidata estaba lista para gobernar México, si los intereses partidistas serían más fuertes o si podría con todos los compromisos adquiridos, no se trataba de solo ser “mujer”.
Y ahí es donde surgen las críticas.
Quienes cuestionan esta elección no lo hacen necesariamente desde una postura machista, sino desde una preocupación legítima, la continuidad de un proyecto político cuestionado, la falta de independencia real, y la capacidad de tomar decisiones propias frente a una figura política dominante en la historia reciente del país.
¿Estamos frente a una líder autónoma… o ante la prolongación de un poder ya establecido?
El riesgo de romantizar la historia
Celebrar la llegada de la primera mujer presidenta es válido. Incluso necesario. Pero de ¿esta mujer?, la realidad es que no nos representa a muchas mujeres.
Romantizar el momento sin analizar el contexto puede ser peligroso.
Porque entonces dejamos de exigir.
Dejamos de cuestionar.
Y cambiamos la crítica por aplauso automático.
La historia no debería blindar a nadie de la rendición de cuentas.
Una oportunidad —o una decepción
México no eligió solo a una mujer.
Eligió a una presidenta.
Y eso implica resultados.
Implica seguridad, crecimiento económico, instituciones fuertes, respeto a la ley y, sobre todo, una mejora real en la vida de las personas.
Si su gobierno logra responder a estos retos, no solo habrá hecho historia… habrá hecho un buen gobierno.
Pero si falla, el riesgo es alto:
no solo será una mala administración, sino que podría alimentar un discurso peligroso que cuestione la capacidad de las mujeres para gobernar, cuando en realidad el problema nunca fue el género… sino la persona.
La primera presidenta de México no debe ser juzgada por ser mujer.
Debe ser juzgada por su desempeño.
Porque la verdadera igualdad no está en celebrar que una mujer llegue al poder,
sino en exigirle exactamente lo mismo que a cualquier hombre que haya ocupado ese cargo.