
La cultura y el arte son el reflejo de que una sociedad es sana. Cuando una comunidad logra acercarse a la plenitud en pilares fundamentales como la seguridad, la alimentación y el bienestar general (sin pretender un 100% utópico, pero sí una estabilidad sólida), es entonces cuando puede permitirse enfocar su energía en desarrollar su lado más humano: el arte, la gastronomía e incluso la ciencia.
Para comprender esta dinámica, es útil recurrir a la Jerarquía de Necesidades de Abraham Maslow. Esta teoría psicológica propone que los seres humanos priorizan sus necesidades en forma de pirámide: en la base están las necesidades fisiológicas y de seguridad (comer, dormir, estar a salvo); conforme estas se cubren, escalamos hacia la pertenencia, el reconocimiento y, finalmente, la autorrealización.
Si trasladamos este modelo a nivel colectivo, la cultura y el arte representan esa «cúspide» de la pirámide social. Una sociedad que crea belleza y conocimiento es una sociedad que ha logrado, en gran medida, resolver sus instintos de supervivencia para dar paso a sus facultades superiores.
Sin embargo, existe un error de interpretación común. Muchos ven el arte como algo ornamental, un lujo que solo se debe atender si «sobra dinero». Nada más alejado de la realidad. La cultura es el barómetro que nos indica qué tan cerca estamos de la verdadera salud social. Si una nación tiene sus museos vacíos, sus artistas en el olvido y sus tradiciones en erosión, es señal de que esa sociedad sigue atrapada en la base de la pirámide, luchando contra el miedo y la carencia, sin capacidad de mirar hacia arriba.
En México nos enfrentamos a un contraste doloroso. Es notorio que en las regiones y ciudades donde el progreso no ha llegado, el rezago cultural es alarmante. Cuando una comunidad está sumida en la inseguridad o la carencia, el folclor (esa esencia que nos da rostro ante el mundo) comienza a desvanecerse.
El folclor mexicano no se pierde por falta de talento, sino por falta de condiciones.
Cuando el ciudadano está en «modo supervivencia», la danza, la artesanía y la tradición oral pasan a un segundo plano hasta extinguirse. El abandono económico de estas zonas trae consigo un desierto cultural; una sociedad que pierde sus tradiciones es una sociedad que pierde su brújula y su cohesión.
Es aquí donde surge la responsabilidad ineludible del Estado. Un gobierno no puede contentarse con ser un simple gestor de servicios básicos o un vigilante del orden. Si el Estado se limita a administrar la supervivencia, está fallando en su misión más profunda.
El “gobieno” debe preocuparse activamente por el desarrollo del arte y la cultura porque estas no son solo expresiones estéticas; son herramientas de cohesión social y de salud mental colectiva. Negar el presupuesto o la atención a estos sectores bajo el pretexto de que «hay otras prioridades» es condenar a los ciudadanos a vivir en una eterna lucha por lo básico, privándolos del derecho a la autorrealización.
Fomentar la cultura es, un acto político de resistencia contra la barbarie. El Estado tiene el deber de pavimentar el camino para que el ciudadano no solo sobreviva, sino que florezca.
Porque una sociedad que no cultiva su lado más humano, aunque tenga seguridad y “pan”, terminará siendo una sociedad sin propósito, vulnerable al vacío y al desinterés por el bien común.