Los Reyes Magos y la humildad

Por: Alejandro Mario Fonseca

 

Todo el horizonte ideológico de nuestra cultura contemporánea se halla construido en torno a la víctima y a su carácter central: víctimas del Holocausto, víctimas del capitalismo, víctimas de la guerra del narcotráfico, víctimas de las injusticias sociales, de las dictaduras, de las guerras y persecuciones, del desastre ecológico, de las discriminaciones raciales, sexuales y religiosas… ¿Y qué otra visión, sino el cristianismo, pone en el centro a la víctima inocente?

Pero todavía más a fondo, en el núcleo duro del cristianismo está la humildad. Las verdaderas víctimas son profundamente humildes. Y la humildad es una virtud profundamente humilde: quien se vanagloria de ella demuestra simplemente que le falta.

Hay que amar al prójimo como a uno mimo, y a uno mismo como al prójimo: en eso consiste la humildad -decía san Agustín-, en eso consiste la caridad. Por eso la humildad conduce al amor; y no hay duda de que todo amor verdadero la supone; sin la humildad, el yo ocupa todo el espacio disponible, y sólo ve al otro como objeto o como enemigo.

Dios (el nuestro: el de los judíos, cristianos y musulmanes), en el que unos creen y otros no, es para todos, una terrible lección de humildad. Los antiguos se definían como mortales: sólo la muerte, pensaban, los separaba de la divinidad. Ahora sabemos que la misma inmortalidad no podría hacer de nosotros otra cosa de lo que somos.

Los reyes magos según Saramago

El Maestro Jesús fue un hombre virtuoso y su humildad es lo que mejor lo definió a lo largo de su corta vida: su pobreza, su sencillez, su desamparo… valla, seguramente no era dueño ni siquiera de los harapos que portaba.

Ya para terminar esta breve reflexión sobre la humildad, le comparto un párrafo de El Evangelio según Jesucristo, del gran premio nobel José Saramago (Alfaguara 1991), que nos lleva a festejar un día de reyes más terrenal, más humano, en suma, más humilde:

Bajando la ladera se acercan tres hombres. Son los pastores. Entran juntos en la cueva. María está recostada y tiene los ojos cerrados. José, sentado en una piedra, apoya el brazo en el reborde del comedero y parece guardar al hijo.

El primer pastor avanzó y dijo, Con estas manos mías ordeñé a mis ovejas y recogí la leche de ellas. María abriendo los ojos sonrió. Se adelantó el segundo pastor y dijo, a su vez, Con estas manos mías trabajé la leche e hice el queso. María hizo un gesto con la cabeza y volvió a sonreír.

Entonces se adelantó el tercer pastor, por un momento pareció que llenaba la cueva con su gran estatura, y dijo, pero no miraba ni al padre ni a la madre del niño nacido: con estas manos mías amasé este pan que te traigo, con el fuego que sólo dentro de la tierra hay, lo cocí. Y María supo que era él.

No puedo preciarme de ser humilde, ¿quién en estos tiempos lo es? Y es que la humildad es una virtud humilde: no siquiera está segura de ser una virtud. Si presumiera de ella, simplemente demostraría que me falta. Además, cómo ser humildes en medio de tantas mentiras, de tanto abuso, despilfarro y corrupción. Tenemos que ser valientes y echar mano de otras virtudes: prudencia, templanza, justicia y generosidad.